viernes, julio 16, 2010



Yoshvani Medina:

“Mis espectáculos llevan implícita cierta dosis de terror”

Actor, dramaturgo y director teatral de origen cubano, Yoshvani Medina no desmaya en su valiosa labor por promover y difundir el teatro hispano en el Sur de Florida. Medina inauguró recientemente la nueva sala de teatro “ArtSpoken” con el valioso aporte del abogado y productor Franklin Blanco y la actriz Ivette Viñas. En aludida sala, Medina vuelca su labor como director y dramaturgo y si el caso lo amerita actúa también. Como se sabe, Yoshvani contaba con apenas 23 años cuando en 1990 en Cuba, ganó el Premio Nacional de Teatro por la obra Neurosis. De otro lado, dirigió con éxito la pieza Eróstrato y SOS Sida, amén de participar como actor en la recordada puesta en escena Dos viejos pánicos. Antes de aterrizar en Miami, Medina vivió en la isla de Martinica, donde se distinguió por su labor teatral en lengua francesa durante casi una década. Sus obras han recibido galardones y se han estrenado en español y francés. Respetados lectores es un honor para Miami en Escena charlar con uno de los talentos del teatro hispano de Miami. Allí va.



¿Qué nace primero la dramaturgia, la actuación o la dirección?
Primero empecé por actuar, figuraba en cuanto proyecto surgía a dos leguas a la redonda, y pronto sentí el desequilibrio entre algunas de las actuaciones de mis compañeros, así que me propuse ajustar eso, sin darme cuenta empezaba a dirigir. La escritura llegó más tarde, cuando comprendí que mis historias estaban más cerca de nuestra realidad, que las historias que podíamos encontrar en los libros.

¿Háblenos un poquito de su formación?
Nunca he parado de formarme, de aprender, incluso cuando enseño, porque estoy seguro de que enseñar es aprender dos veces. Aprendo de cada creador, de cada intérprete con quien trabajo, de cada estudiante que guío en este camino. Empecé mis estudios universitarios en la más grande escuela de ingeniería de mi país, de donde salí a los seis meses para entrar en la más humilde escuela de teatro, la de Instructores de Arte de mi natal Pinar del Río. Allí aprendí lo suficiente como para saber que en este medio nunca se termina de aprender. Hice un par de veces mis exámenes de entrada al ISA, la referencia de las escuelas de Arte en Cuba, pero siempre me la negaron. Desde 1988 no he parado de hacer teatro, porque aprender haciendo también es una manera de aprender.

¿Quiénes fueron sus maestros en lo que a creación se refiere?
Para hablar de grandes maestros se necesita haber pasado largo tiempo con ellos. Mis grandes maestros han sido mis compañeros de trabajo. Aunque no puedo negar el impacto que tuvo en mí el taller que hice en “La Vinya”, sede del grupo barcelonés “Els Comediants”, con su director Joan Font; inolvidable también el taller de espectáculo de gran formato en el sur de Francia con Christophe Berthonneau, líder del “Groupe F”. En dramaturgia fue muy importante haber conocido al belga Emile Lansman, que a la larga se convertiría en mi editor, Lansman era el editor de Gao Xingjian, en el momento en que le dieron el Premio Nobel en el 2000. Haber traducido al español a Xavier Orville me permitió acceder a la excepcional erudición del escritor y a la infinita humanidad del hombre.

¿Cómo se involucra en la dramaturgia?
Mis primeras escenas las escribí en las clases de la Escuela de Instructores de Arte de Pinar del Río. Desde entonces no paré de escribir para el teatro, porque eran letras con voz. Entré a los concursos de talleres literarios y en aquellos apasionados debates ofrecía los textos como pan de mi cuerpo. En 1990 gané el Premio Nacional de Talleres Literarios, con “Neurosis”, la historia de un joven que fingía estar loco para no ir a la guerra de Angola. A pesar de haber ganado el premio, la dirección del grupo de teatro profesional de mi ciudad se negó a montarla, incluso el texto nunca se publicó y constaté el riesgo de la escritura dramática. Al año siguiente escribí un unipersonal que me trajo aún más adrenalina: “Ciertas empresas dejadas a medio empezar”, la historia de una familia de la alta cúpula que se escinde cuando el hijo mayor decide emigrar a los Estados Unidos. Tuve que actuarlo y dirigirlo. En el contexto de la Perestroika aquel texto era una irreverencia insoportable: fue bajado de escena el mismo día que debía estrenarse en el Festival del Monólogo de La Habana ‘91, sin embargo causó sensación en la Segunda Muestra Nacional de Teatro Joven, en la Sala Artaud, del Teatro Nacional. En mi ciudad los escénicos volvieron a censurarme, prohibiéndome la participación en el Festival de Monólogos y Espectáculos de Pequeño Formato, pero los literarios le dieron al texto uno de los Premio Loynaz.

¿Su carrera se inicia en Cuba para luego seguir en Martinica para finalmente establecerse en Miami? ¿Es así?
En aquel medio hostil dirigí dos espectáculos más: “El dado Job” (1994), de Ulises Cala, una parábola de mucha actualidad sobre el personaje bíblico; y “SOS SIDA” (1995), de Mayra Marrero, sobre los jóvenes que se estaban inyectando el SIDA. Ambos espectáculos tuvieron lugar en la escena del Teatro Zaydén, y tuvieron una acogida excepcional por parte del público. Ese mismo año me fui a Martinica, sin hablar francés, sabiendo sólo una cosa: sería teatrero o no sería. Tardé un año en empezar a escribir. Fue duro el aprendizaje de la nueva lengua, la comprensión de la nueva sociedad, aunque lo más difícil fue tener que arreglármelas sin la censura. El éxito vino con la primera obra que escribí: “Bésame mucho”, la historia de un funcionario martiniqués, admirador de Fidel Castro, que va a Cuba y se enamora de una “jinetera” a quien lleva poco después a la Martinica. Las diferencias culturales e ideológicas de los dos amantes convertirán muy pronto su relación en un verdadero campo de batalla. Las puertas de los grandes festivales se abrieron y “Suicídame” desembarcó en Avignon, alabada por la crítica francesa que la comparó con “El águila de dos cabezas”, de Cocteau. En “Suicídame”, un hombre disfrazado de mujer se enamoraba de una mujer disfrazada de hombre, el lema de la obra rezaba: “Una historia de amor heterosexual entre homosexuales”. Le siguieron otros éxitos y sinsabores, como tiene que ser en la vida de un teatrero.

¿Los grandes poetas trágicos griegos son sus referentes?
He estudiado bien los tres poetas dramáticos griegos, adoro Eurípides, que es un poco el Tennessee Williams clásico, por el carácter psicológico de sus obras. Entre los comediógrafos prefiero Aristófanes, con él me divierto tanto como con Woody Allen. En mis cursos siempre hallo un pretexto para hacer una lectura de un texto clásico griego.

Ahora se desarrolla como director teatral ¿Es complicado trabajar con actores y actrices procedentes de diferentes países hispanos?
Estoy acostumbrado a trabajar con personas de idiomas y culturas diferentes. Esto hace que cada proyecto tenga su energía propia, su color, su perfume. Sé lidiar con cualquier tipo de actores: los egocéntricos, los que piensan que no tienen nada que aprender, los depresivos, los divos y también los generosos, los modestos y los altruistas. No ha habido un proyecto en el que no haya montado la puesta que he querido, ya sea con una mano de hierro dentro de un guante de terciopelo o por un mero proceso de inducción, en el que el actor cree todo dirigir. A fin de cuentas la dirección es una de las disciplinas más técnicas del teatro, y se sabe que la técnica es todo lo que no se ve.

¿Cuál es el encanto de la dirección teatral?
Un director imagina sobre la imaginación ajena, a veces sobre la imaginación de un dramaturgo, a veces sobre la imaginación de un actor. Es solamente cuando se lleva a la práctica que podemos ver lo que una puesta en escena puede hacer de una idea. Una puesta en escena es una traducción de un texto al espacio, se le pueden perdonar muchísimos defectos (la inseguridad, el desatino, la pusilanimidad, la pedantería), lo que no se le puede perdonar es la inocencia.

¿Cuáles han sido sus obras más exitosas?
El éxito tiene formas variadas: “Circuit fermé” me hizo ganar la beca y la bolsa de la Chartreuse de Villeneuve-lez-Avignon, el Centro Europeo de Escrituras de Espectáculos, con ese espectáculo giré por varias escenas nacionales y por la Cartoucherie de Vincennes, de París. “Merde!” ganó un premio internacional en lengua francesa y una publicación por una casa editorial de primer nivel en Europa, su primera puesta en espacio se hizo en el Teatro de los Campos Elíseos, en París. “Los monólogos de la vagina” nos hizo ganar muchísimo dinero, antes de la décima representación ya íbamos por 125 000 euros. “Ciertas tristísimas historias de amor”, de Ulises Cala, que triunfó de manera inobjetable en el Festival de Avignon 2006, hizo que Radio Francia Internacional le dedicara un programa exclusivo en el que se analizaba nuestra obra y la de Peter Brook (http://www.rfi.fr/actues/articles/079/article_1552.asp). “Don Quijote” y “Los tres mosqueteros” me hicieron girar por una veintena de las más importantes ciudades americanas de la costa este. Espero que “Sinfonía en Do Mayor (y una menor)”, mi próxima obra, siga el camino de “Probation”, que pudo haberse quedado en escena unas cuantas semanas más.

¿Qué recuerdos agradables conserva de Cuba?
Muchísimos y todos buenos. Con el tiempo el olvido se llevó la mitad desagradable. Recuerdo con nitidez mis últimas obras, el calor del público de mi tierra, la complicidad con mis amigos, creadores como yo, con quienes compartí vicisitudes y alegrías, en un tiempo en que éramos tan jóvenes, tan pobres y tan felices.

¿Es difícil hacerse de un espacio en la escena teatral de Miami?
Abrirse un espacio en la escena teatral de cualquier ciudad es algo muy difícil. Para mí ha sido un proceso cruel, con tintes trágicos. Mucho me ha costado seguir escribiendo sobre las cosas que me interesan, haciendo el teatro que me interesa, diciendo lo que pienso sin tener que pensar mucho lo que digo. Los que vienen a ver mis obras deben saber que les doy lo mejor de mí, sin hacer concesiones a la facilidad ni al mal gusto. Podrá gustarles o no, pero tienen la garantía que es un pedazo de mi humanidad. Lo que hago lo podría ver con orgullo dentro de diez años. Podría hacer cosas estúpidas para comer, pero hay cosas que no tienen precio, sino valor: mi teatro, mi hija, mi madre, mi padre, mis amigos, mi mujer...

¿Se siente bien con todo lo alcanzado en su trayectoria como dramaturgo y director de teatro?
No tengo derecho a escupir en la sopa, sé que he vivido momentos muy hermosos, pero tengo la cabeza llena de sueños, de ambiciones. Tengo una inmensa necesidad de dar, ideas que quiero escribir, obras que quiero montar, fantasías teatrales que realizar, porque en teatro, las fantasías realizadas son sueños que se multiplican.
¿La puesta en escena que más satisfacciones le ha dejado?
Me gustó dirigir “Romeo y Julieta”, de Shakespeare, en la Escena Nacional de Fort-de-France, con veinte actores y cuatro músicos; los Capuleto blancos, los Montesco negros, yo había compuesto la música, escrito la letra de las canciones, y realizado la adaptación dramatúrgica, la actuamos doce veces en la sala “El Atrium”, de mil personas. Fue inolvidable dirigir “Así es si así os parece”, de Pirandello, en su versión integral con doce actores, en un viejo hangar inutilizado en Bellevue, Martinica, donde no se hizo teatro ni antes ni después. Me dio mucho orgullo concebir la puesta en escena de “El amante”, de Harold Pinter, porque contrariamente a las dos anteriores fue de un minimalismo sublime, de una violencia solapada, de una locura hermosa.




¿Qué opina de la escena teatral local?
La “jugada de Miami” está en plena ebullición. Cada mes hay un par de estrenos, muchos jóvenes que se han decidido a salir de sus cursos y lanzarse a la escena, que es donde se hace el teatro de verdad. Cada vez son más numerosos los actores conocidos que se comprometen con proyectos teatrales serios. Cada vez los textos son más ambiciosos. El teatro de arte por arte, donde la belleza estéril y la frivolidad ni chocan ni emocionan, se ha vuelto un teatro polvoriento y enrarecido, condenado a un público cada vez más homogéneo.

¿Qué le falta?
Sin negarle su importancia al Festival Internacional de Teatro de Miami, creo que nuestra ciudad necesita otro festival, un festival nacido de las tripas de los que hoy llevan el peso de la creación escénica de Miami, un festival en el que se den cita las compañías que laboran y estrenan durante todo el año, sin excepción y sin excusas.

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